Comité Internacional
de la Bandera de la Paz

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Recordando la Entrega de la Bandera de la Paz
al Dalai Lama en Dharamsala, India

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Estando en el Noroeste de la India, entregando la Bandera de la Paz al Programa ”Cooperación Global para un Mundo mejor” en la pintoresca región de Mount Abu, Rajasthan, donde tiene su sede la Universidad Espiritual Brahmakumaris, un productor de Televisión de New York, que tenía planeado hacer un video sobre el Pueblo del Tibet en el exilio, presenció la ceremonia de entrega de la Bandera de la Paz a esta Institución en las personas de nuestras bienamadas y respetadas Dadi Janki y Dadi Prakashmani.

El Productor quedó muy impresionado con  la ceremonia de entrega,  que como ha venido ocurriendo durante 22 años en el Mundo, provocó  un gran silencio entre los miles de asistentes y sollozos en muchos de aquellos seres espirituales. Al terminar la ceremonia, unos asistente me comentaban que al abrazarme Dadi Prakashmani, al recibir la Bandera, un rayo de luz había unido nuestros dos entrecejos, otros decían que cuando comencé a dar mi mensaje, no se oyó mi femenina voz sino la de Mahatma Gandhi…En fin, que una aureola de misticismo y armonía envolvía a aquellos momentos en que se recibía la Bandera que representa uno de nuestros más altos y anhelados valores hoy en día: LA PAZ. Esta Bandera  promueve una nueva y necesaria Cultura de Paz, respeto, y convivencia pacífica y armónica, sin distinción de razas, política o religión. El productor había tardado 6 meses para que le dieran la cita con su Santidad el Dalai Lama, y después de ver la ceremonia de entrega de la Bandera de la Paz, exclamó:”Ahora ya sé para lo que yo he tramitado con tanto esfuerzo la cita con el Dalai Lama:”Para que tu, Alicia, le entregues la Bandera de la Paz”.

El problema era que en India, con la de millones de habitantes que conviven en ese país, es necesario  comprar un billete de tren con varios meses de anticipación, y en ese contexto era casi imposible encontrar un lugar para mi, para ir desde Nueva Delhi hasta los Montes Himalaya.

A mi me entusiasmó la idea de entregarle la Bandera a Su Santidad, máxime que antes de salir de México hacia India, estando en meditación, había escuchado mi propia voz interior, diciéndome que llevara dos banderas y no una como estaba previsto. Así que muy obediente, las puse en mi maleta, sin imaginar que una de ellas sería para el Líder Espiritual de los Tibetanos.

Finalmente, pudimos conseguir un boleto de tren de tercera clase, más el de primera clase que ya teníamos con nosotros y que El había reservado desde hacía tiempo. Como no teníamos otra opción, decidimos partir esa misma noche y nos dirigimos a la Estación de Delhi, que es uno de los lugares más pintorescos de la Ciudad.

Esa noche, había miles de personas, todas corriendo de un lado a otro, cargando maletas en la cabeza, mientras otros fatigados viajeros, dormían en el suelo entre la mugre, como si estuvieran en acolchonados y limpios colchones. Todos los sonidos se mezclaban, desde los de vendedores de comida, hasta los de los encantadores de serpientes. Todo era bullicio y movimiento. Salvatore, contrató a un fuerte hombre de la religión Six, con un turbante rojo, que corría delante de nosotros con la pesada cámara de video y nuestras maletas. Realmente era un verdadero caos. En este barullo de hombres y mujeres vestidos con chilabas, saris y turbantes, logramos encontrar nuestro tren hacia los Himalayas. Serían catorce horas de viaje. Se oyeron tres silbidos anunciando la partida, y así llena de respeto y emoción, subí al tren para continuar cumpliendo con mi misión.

Nos metimos en el vagón de primera, atiborrado de viajeros, casi todos hindúes. Un letrero en inglés decía pomposamente: ”Primera clase con aire acondicionado”. Pero en realidad entraba tanto aire por las rendijas de las destartalas ventanillas, que provocaban un intenso frío del que no me consolaba, ni con el abrigo de pieles que llevaba puesto. Pasada una media hora, llegó el revisor del tren, y me pidió mi billete. Viendo que llevábamos uno de tercera y uno de primera clase, se enfureció, tomando mi pasaporte y desapareció con el. Mientras tanto, en nuestra ingenuidad, habíamos pensado que el tren llevaría un vagón comedor, pero eso era solamente una utopía, ya que no había ningún Restaurante. Solo llevábamos un pan de caja estilo americano, que se le antojó a la niña, hija de la familia hindú con la que compartía el frío compartimento.

Mi amigo, estaba de pié en el pasillo, y con la mirada le pregunté que debía hacer con el pan, mientras la chiquilla continuaba llorando. El me hizo un gesto de que se lo diera, y así iniciamos el viaje, dándole todo nuestro baluarte alimenticio. Al rato, ellos empezaron a cenar y gentilmente nos ofrecieron de su típica comida, entre las que iba un verde chile, al que sin darme cuenta le di un mordisco, ocasionándome un problema estomacal, que me hizo ir al baño toda la noche, pasando por encima de los viajeros que dormían placidamente en el suelo. Al cabo de un tiempo, regresó el revisor con mi pasaporte, y cambiando su expresión del ceño fruncido a una gran sonrisa, me dijo ¡Qué bonito pasaporte! ¿Qué son estas figuras? Y con amabilidad le expliqué que eran unas figuras mayas. Tratando de bromear, me dijo:”Debe usted pagar una multa, por ir en primera clase con un billete de tercera. !Son 6 dólares !. Con gusto le pagamos la multa, devolviéndome enseguida mi pasaporte, y así, proseguimos camino toda la noche hasta los bellos Montes Himalaya.

El trayecto de catorce horas de tren, había terminado, y en la estación tomamos un taxi, que nos llevaría a Dharamsala, después de cuatro horas de trayecto, entre impresionantes montes nevados.

EL PUEBLO DEL TIBET EN EL EXILIO

Cuando llegamos a Dharamsala era el Año Nuevo Tibetano, y todo el Pueblo estaba de fiesta. Cada mes de Febrero en Luna Llena, losTibetanos celebran el festival de la Oración, donde el pueblo y los Lamas, no cesan de orar día y noche. Todos estaban vestidos a la usanza típica del Tibet, donde predominan los colores marrones y naranjas, así como las túnicas magentas. Parecían arrancados de un cuadro. Familiarmente se acercaban a saludarnos con dulzura, como si fuéramos viejos conocidos. De pronto empezaron a oírse las sonoras trompetas de oración tibetanas y todo el Pueblo se puso boca abajo en el suelo, para esperar la aparición de el XIV Dalai lama del Tibet, al que en ese momento no osan ver, en señal de reverencia. Nadie osa mirarlo. Era un momento lleno de emoción, de fervor y respeto hacia Su Santidad.

Era la celebración del Año Nuevo Tibetano al cual tuvimos el privilegio de asistir, y de filmar un documental para la Televisión Neoyorkina sobre la vida del Pueblo del Tibet en el exilio.

Al productor de Televisión, se le concedió un privilegio poco usual: dormir en un monasterio budista. Y allá se fue con su cámara de Televisión. Después me comentó, que aunque le habían prestado una manta, jamás había pasado tanto frío en su vida, aunque la experiencia de comer en el cuenco de su mano, como hacían los demás lamas, y el haberlos acompañado en sus rezos y cánticos, había sido inolvidable.

Yo me quedé en el Hotel, que su Santidad nos había hecho reservar, pero como se había ido la luz y no había calefacción, el frío dentro de la habitación congelaba mi aliento, y no tuve más remedio que dormirme envuelta en mi abrigo de pieles, que tanto me había ayudado en el trayecto del tren. Al amanecer, me desperté al sentir un ligero toque en mi cabeza. Desperté y sentí que me habían colocado una especie de sombrero plateado con un pico hacia delante, el cual podía ver claramente. No entendía su significado, pero lo recibí espiritualmente con humildad y alegría. Meses más tarde cuando regresé a México, en una reunión que tuve con el joven Director de Casa Tibet, Tony Karam, al comentarle lo sucedido, me enteré por su boca que lo que me habían otorgado espiritualmente esa mañana, en vísperas de entregarle la Bandera de la Paz al Dalai Lama, era una distinción budista, llamada ”el sombrero del Pandhita”. Lo cierto es que en muchas ocasiones, he sentido la presencia protectora de ese tocado simbólico, que tuve el honor de recibir con humildad en el Norte de la india.

Por fin, llegó el esperado día de hacerle entrega al Dalai Lama de la Bandera de la Paz, cuyo Iniciador fue el ilustre artista Nicholas Roerich,

Nos pasaron a su modesto palacio, que contrasta con la majestuosidad de su antiguo Palacio de Potala en Lhasa. Mientras lo esperaba, mi corazón batía como un tambor gigante. Solo oía el fuerte latir de mi corazón. Yo llevaba la Bandera de la Paz, en mi antebrazo, con el Sagrado Símbolo perfectamente visible. De pronto se oyeron murmullos…Ya viene ,ya viene… De pronto apareció El, con su aura deslumbrante. Ahí estaba Su Santidad, frente a mí, con su acostumbrada sonrisa de niño. Para sorpresa de todos los que estábamos allí, sucedió algo todavía inexplicable para mí. Ante el asombro de sus colaboradores que estaban presenciando la escena, el Dalai Lama, extendió sus brazos, se arrodilló ante mí, y me besó las dos manos.


Fotografías

Recordando la Entrega de la Bandera de la Paz al Dalai Lama en Dharamsala, India

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